Remeras

Me gusta observar las remeras de los hombres; sus dibujos, sus inscripciones, sus colores. Qué originales y qué cursis y cliché pueden llegar a ser. La calle se refina en camisetas de todo tipo. Las camisas no me interesan. Sin complementos ni ninguna otra prenda. Todavía recuerdo el de La Naranja Mecánica, el de El Resplandor, Kubrick siempre retuerce mis pensamientos. Ajustar mi percepción. Una vez vi uno sobre la Serenata de otoño de Bergman. Le sonreí y él me sonrió con esa complicidad propia de los que han entendido la línea del tiempo. Tampoco puedo olvidar la camiseta de Pink Floyd particularmente inusual. He contemplado a Bob Marley, mientras cantaba Natural Mystic con voz baja; a Pappo, Led Zeppelin, The Doors. Los dibujos animados son simpáticos, aunque ya casi no reconozco a sus protagonistas. En cuanto a las leyendas, no me gustan las que están escritas en inglés. En español parece que quedan pocos, el peligro de extinción también les ha alcanzado. Será por el hecho de que “el inglés es el idioma del futuro”, por omitir que es el idioma de la conquista cultural. 

La calle hierve. El calor se asemeja a una estufa triunfante. No me detengo en los pocos musculosos tampoco. no me gustan Aunque hay quien se lo toma con la dignidad de volver a Ítaca. Los considero valientes a pesar de todo, cuyos cuerpos no acumulan prejuicios ni veredictos de jueces. El camino está roto por todos lados. Como si estuviera caminando por la carretera con mis zapatos insuficientes para el paisaje de la ciudad. Un hombre gordo pasa junto a mí. Su camiseta tiene la cara de Maradona. yo simpatizo Pero debido a su rostro húmedo y devastado, elijo no sonreír.

La tarde se abre a pesar de la sensación térmica de 30 grados. Las luces de la ciudad se encienden tímidamente. Pocos de nosotros somos lo suficientemente valientes como para "hacer ejercicio". mala idea Muy mala idea. Siento que en cualquier momento caeré como la piedra de Sísifo. A pesar de estar libre de error, al menos eso es lo que pienso. Ya rebobiné mi historia por Tomás y Emilio, ya renuncié a historias de amigos. Me siento limpio ahora. Ligeras como esas plumas que consideran: pertenecen a los ángeles. Sin embargo, creo que los ángeles y los demonios no están afuera sino que nos habitan, según la ocasión.

Iuju! Hombre con camisa blanca y dibujo. Todavía es muy lejano. Tendré que esperar unos metros. yo te espero Te extraño. Y cuando llega el momento de romper la piñata: mi plasma se congela. Sí, mi cuerpo se contrae, deteniéndome como una estatua de Medusa. No soy un drogadicto cualquiera, no tomo merch, pepa, éxtasis, hongos ni fumo marihuana. Tampoco sufro de ninguna particularidad psíquica. No hay brote en mí. Asimismo, lo inesperado no será suficiente hasta que la toque. 

Me acerco como alguien que no quiere la cosa pero la quiere desesperadamente. El hombre tiene ojos hundidos, nariz aguileña, no es grande de estatura ni de peso, su pantalón es corto, gris y con rayas negras. Nos miramos. Él ríe. No. En la parte delantera de su camisa está mi cara. Hace un gesto con las manos como si quisiera abrazarme. Con un ole no de torero nefasto sino de curioso, la siento. Se va como una niña pequeña a punto de recibir su cochecito. Real como mis huesos. Eres mi cara, digo en voz baja. tu eres mi cara Sería mejor correr. Piérdeme huir Sin entender cómo llegué a la camiseta de un extraño. 

Los bloques pasan con la velocidad del trueno. Afortunadamente, bastante desierto. Como decía, el calor no es para todos. Y me llega otra camisa. Una adolescente de cabello azul ondulado, hermosa como una Venus de la castración de los testículos de Urano. La belleza a veces nace de la destrucción. Pero no ahora. Porque la belleza, una vez más, tiene mi cara en la camiseta. Me froto los ojos. Escupo la flema. Toco mis piernas. Y golpeo de nuevo. El joven es amable y me permite tocar su atuendo; si, soy yo a mí Sin tener la cara de Christian Bale. El gesto repetido de Don Ramón. La locura de un anime. soy yo

Ahora sí creo en el Ángel de la Guarda o Guardia. Te pido que por favor esto es un sueño aunque sé que tengo la vista muy abierta, tropezando con camisetas que me alejan. La ciudad desierta de caminantes y pasajeros. La próxima vez que vea lo mismo, iré a la sala de un hospital psiquiátrico. No estoy dispuesto a volverme loco. Se vuelve loco por la sensibilidad, por el miedo al mundo, por la soledad, por el dolor; así lo considero Y nunca he oído historias como esta. Repito: no estoy drogado ilegal y/o legalmente.

La segunda es la semicaducada, aunque ahora las lámparas están tan débiles como mis piernas. Mis miradas son un eficaz radar para seguir comprobando el resultado de una naturaleza que desconozco. ¿Cómo llegué allí?, ¿cuándo?, ¿para qué?, ¿qué diablos? Por favor, no quiero que el gordo me tenga también en su pecho. Lo toco, me mira con cara de rancio, algo sorprendido, algo confundido. Si, soy yo.

Mi tierra se mueve como un juego de parque de diversiones. Y se detiene cuando el próximo chico es tomado por una camiseta de Madonna. Respiro por la nariz. Aliviado pero confundido. Tembloroso y frágil. y asustado 





Chocolate

Tiene la cursi forma de un corazón. Rosa. El color que más detesto. Desde chica. Desde siempre. Le agradezco con un beso migaja. Los cuernos no se arreglan con bombones. Los cuernos, generalmente, nunca se arreglan.

Él lo intenta con la torpeza de un comodín roto. Usual. Las flores. El peluche. La carta para una redención como una intravenosa intoxicando. Poca imaginación en un hombre que supo ocultar como un detective noir. Poca imaginación en un hombre que dejó encendida su notebook y su correo abierto.

Lo dejo en la puerta. Agradezco con mirada huidiza. Entro en casa.

Pedro Gato observa el corazón. Se esconde debajo de la mesa. Es la misma actitud que ajusta cuando viene una amiga, cuya empatía es nula. Los gatos saben. Los gatos intuyen. Los gatos protegen. Será porque es una caja horrorosa. Será que viene de él.

Fabio es divertido, con ese entrenamiento que te hace ver las barajas ganadoras. Jamás humor barato. Ríe cuando ve el corazón. Palmea mi espalda como quien palmea para decir: esto también pasará. Al menos son artesanales, parece. Dice con la extravagancia de un nene a comprar caramelos y gomitas. Sin embargo, no llevan marca, rótulo o lo que fuese.

¿Estarán vencidos?, digo. Bueno, probemos uno y si nos resulta rancio… ya sabemos… dice Fabio. Igual son cuatro nada más. Rata, pienso sobre mi exmonstruo.

Va el primer bombón. Para ambos. Mientras lo como me doy cuenta que tiene algo: ¡ha de ser un muñequito! Fabio escupe como quien es visto por los ojos del desagrado. Y sí, son dos pequeños muñequitos. No están pintados sino que son grises. Parecen dos chicos, muy pequeños. El mío carga con una bolsa capaz de inyectarle veneno en los huesos, amplia, gorda, alta.

El muñequito de Fabio también es un nene. Que maniobra unos palos gigantes. Numerosos. Atractivos para quien no es pulverizado con sed y hambre. Intuyo. Se notan muy pesados. Su tamaño es similar a la estatura del chico.

No estoy segura si quiero más muñequitos, pero la curiosidad da siete vidas al gato, tal vez, para que conozca y entienda y maúlle. No lo sé. El chocolate es pegajoso como la humedad de Buenos Aires, como la incógnita de que vendrá después. Es muy pequeña. La figura es más elaborada pues hay parte de un árbol, cuyos frutos, gigantescos, son cortados por un machete que la nena empuña.

Fabio me muestra el suyo. También gris. También doliente. No hay gestos en las caras. No hay absolutamente nada. No parece un pequeñito sino una canasta que es casi igual a su tamaño, a su cuerpo. Me toca a mí. Sí, estoy dispuesta. Este está pintado. Es un fruto. Color naranja con tintes verdes. Es el fruto del cacao. Maúllo.




Relojes

Todas las casas, departamentos, pensiones que conocí y conozco tienen cinco relojes.

Ellos nos marcan los horarios de desayuno y salida al trabajo. El horario de preparar la cena. El horario de comerla. De nueve a once se puede mirar una serie o una película, algunos eligen leer o mejor dicho, siempre es depende. Y once y media: acostarnos.

No es tan sencillo como un hilo regalado para salir del laberinto. A veces remoloneo en la cama sin poder cerrar los ojos. Pensamientos en forma de visiones sobre el desayuno, los chusmeríos de la oficina, mi soledad, algunos amigos. Noches en las que duermo poco y, posiblemente, se note en el trabajo, al igual que todos nos notamos entre sí por las horas faltantes de sueño e incluso el insomnio.

Una vez le pregunté a una empleada de un local de ropa. Ellas vivían con más relojes. Los obreros, algunos pero la mayoría en la jornada. Los vendedores ambulantes y manteros fueron reprimidos y segregados por la policía de la Ciudad. Anteriormente, los relojes los habían colocado en sus muñecas.

El sistema comenzó a implementarse en 2017. Unos pocos estaban contentos, sonrientes, satisfechos. A ellos y ellas debido a sus barrios y ocupaciones no les tocaban artefactos. Mejor decir, son quienes manejan esos objetos como quieren. Aún hoy. 2019.

De romper o romperse un reloj, el técnico amanece con la velocidad de un estornudo. Pues ninguno puede faltar ni fallar. Al menos en lo que a mi casa y labores respecta. Los técnicos también cargan con sus relojes hogareños, quizá por eso las ojeras, los mentones derramados, los ojos como agujas.  

Dicen que Chronos, el Dios del Tiempo, llevaba un reloj de arena. Y una guadaña. Griego para recordarnos, tal vez, que el único tiempo es el que se acerca a la muerte. Los nuestros son electrónicos. Antes, cuando las manecillas, se podían alterar en beneficio del ritmo circadiano.

Pero ahora sólo son una pequeña máquina rectangular, gris, como cuando las nubes invaden para diluirse en lluvia. No hay posibilidad de sonidos particulares. Los habitantes integrados en el Programa Rectificación Temporal no podemos cambiar el estallido de ruidos chispeantes por una melodía. Quizá un amanecer más tranquilo, suave, como las hojas aterciopeladas de ciertos árboles.  

A veces duermo bien, pocas veces, pues el cansancio es salvaje como un trueno cercano, amenazante. Que se asume veloz en mi cuerpo y me bendice con el sueño. Lo pienso como un Morfeo llevándome desnuda en sus brazos, espantando pesadillas y ensoñaciones baratas.

La celda es tan pequeña como la triste suerte de una ninfa, cambiando su tamaño para escapar de Apolo. Mis manos sangran manchando el camisón. También me duele la cara, sé de algunos rasguños que hice sin manifiesto de Bonnie and Clyde. Los relojes sonaban al mismo tiempo que rompía cada uno de ellos. Lo hice con las manos. Con la presión de mis dedos. La intensión de mis uñas. La rebeldía por cinco putos relojes que controlan mi existencia.

No sé qué pasará ahora. Supongo que un Juicio. Me importa tanto como los cinco que acabo de destruir. Porque el interés es de mi próxima siesta. Acá no hay relojes.



El patiecito

“(…) quien lo siente, lo sabe, Señor (…)”
-Bob Marley-

 

Todo cae en un patio de la planta baja. El departamento, abandonado, es víctima de numerosas colillas, alguna que otra lata de cerveza, alguna que otra bolsa de plástico, algún que otro papel. Se aturde por esa poca basura que le saca dignidad y refinamiento. 

Tengo que fumar afuera. Justamente. En el balcón, pocos pisos arriba del pulmón cuadriculado, no sé cómo llamarlo, si al nombrar algo, ese algo adquiere vida tal vez mi definición sea la sensata. 

No quiero preguntarme cómo ha sido la siembra y la cosecha del tabaco que en breve fumaré, qué manos ajadas, quizá juveniles. Es de Salta. No lo sé, no quiero saber ahora. Sólo necesito que el frío se oculte y mi cigarro me dé tanto calor como clima subtropical.

Le pedí que siga mirando la película. Es una pochoclera, made in USA, una comedia romántica que no alienta risas o sonrisas sino cerrar los ojos y pensar en Bergan, en Paul Thomas Anderson, en Kim Ki-duk, en Bong Joon-ho; por más ásperas que, generalmente, sean sus obras. Poesía y dolor caminan mano a mano. “Canto a mí mismo” no soy.

Y el frío. Y el moderno balcón. Y la extraña sensación de que algo observa desde ese patio habitado por la basura de quien no puede concentrarse en lo propio.  

Una lluvia, sin intentos de ferocidad, cae finamente sobre mi cara. Desde el cielo, agua. Un nuevo milagro qué vaya a saber qué o quién me hace consumirme en asombro. Las nubes forman una nube gigantesca, no puedo advertir animales en su figura, sin embargo, es bellísima. Amplia y cerrada y abierta como una cajita musical que otorga débiles truenos y delgados relámpagos.

Enciendo mi cigarro. No es por apología ni necedad, fumar es dañino obviamente, fumar es un hábito, un vicio y a fin de cuentas, un gran placer. Sobre todo cuando hace más de tres horas que no fumás. Lio mi cigarro. Con el mismo cuidado que cuando armaba porros. Deberían pagarme por hacerlo, soy una excelente armadora.

Parezco febril mientras disfruto del tabaco, la seda, el filtro; todo lo que hace a mi delicia. Se dice que lo bueno es breve. Como lo es mi cigarro. Desde el balcón pregunto a mi nuevo amigo dónde lo apago. “Tiralo en el patio, abajo, no pasa nada”. Pero sí ocurre en mi TOC de que se prenda fuego el edificio. Aún así, confío y tiro la colilla en el patio abandonado.

No puedo delirar tomando siete pastillas por día. Mis neuronas están reprimidas para cualquier delirio. Es que al mirar, el patio está limpio. Nada en él. Mucho en mí. Tampoco está la colilla que hace minutos acabo de arrojar.

“Lo habrá limpiado el portero, hace días que no miro el patio”, dice mi amigo y se aleja. Pero hace minutos antes de fumar lo vi, estaba sucio, hambriento de una simple escoba. Él no lo había visto en días. Es mi palabra. No una ilusión óptica. Busco en el bolsillo, tengo recibos de la tarjeta de débito, los guardo sin saber por qué, nada provocará compasión en un Banco. Tiro los papeles al patio. Algo pareciera tragarlos. No siento miedo sino una curiosidad pegajosa que crece en la medida que tiro más papeles y estos desaparecen en el piso negro y blanco, como un Ajedrez: ahora limpio, cercenado de cualquier mugre. La lata de cerveza tiene la misma suerte que la birome. Igual que los pañuelitos descartables. Y han sido muchos. El piso de ese espacio está tragando lo que cae entre sus baldosas.

Finalmente, mi amigo se acerca para quedarse. Hago la prueba con otro pañuelo. Sus ojos se vuelven anchos, altos, gruesos. Nop. No estoy delirando o en todo caso, deliramos juntos. Luego, él, temeroso, impulsa papel higiénico con los mismos resultados que cada uno de mis elementos. 

Me pregunto qué más podría tirar allí. Me respondo con variedad de emociones. ¿Será?, ¿se podrá? Mi miedo al mundo, la melancolía de no amar ni ser amada en eros. Y él, ¿qué tiraría? Y yo, ¿cómo agarro el encierro, la angustia? Mientras pienso, siento sensaciones insólitas, novedosas, que irrumpen como la lluvia va tomando la potencia de Neptuno.

Late el centro de mi pecho. Late la boca de mi estómago. Son latidos que crecen hasta doler. Me doy cuenta de que a él le duele la coronilla. No sé si es una idea o una tontería pero me dejo inflamar y voy tocando cada parte de mi cuerpo dolorido. Le pido a él que haga lo mismo. Y lo hace. Parece salirnos humo. Pesado y negro. Que se eleva y luego se dirige al patio abandonado. Inseguridad. Angustia. Miedo. Todas nuestras heridas son tragadas por el suelo con diseño de Ajedrez.



Escher




Facsímil

 



Próximamente: ventas en Parque Centenario.




El globo aerostático

Arquímedes volaría más alto, no tan pequeño.

Creí que era un minúsculo ovni. Me emocioné bastante como mono con navaja de madera. Cayó muy cerca de mí. Pero el Parque Nacional Calilegua es un enigma de árboles tan altos, que parecen llegar al sol sin quemarse. La tierra se inflama en plantas y flores y hongos y aves. En sonidos que no puedo identificar, sin embargo, no les temo. Sí siento miedo frente a la ciudad, que parece mirarme con sus ojos cuadrados de cemento y alambre.

La mayor probabilidad era jamás encontrarlo en el ovillo que la selva jujeña ostenta. Corrí como un marinero frente a la ola indescriptible, incapaz de narrarse, esas que nos someten aún estando en tierra firme. Corrí, mi ropa de desgajó en la misma medida que mi anhelo comenzó a calibre 38. Nadie encuentra la aguja en el pajal, tampoco yo encontré la manera de no ser arrasado por los afilados dientes selváticos ni el pánico a los acantilados. Sangraban mis rodillas, mis brazos, mis muslos. No estaba en un sendero más que el de mi veloz curiosidad.

Lo encuentro. No es un ovni sino un globo aerostático. Chico. Totalmente gris. En su envoltura, en sus cuerdas, el quemador, la barquilla. Me doy cuenta de que era de aire caliente, pero, ¿y su tripulante? O quizá se trate de un ritual, como los 6 de agosto por Hiroshima y Nagasaki, cuando se lanzan al río linternas flotantes en recuerdo de la masacre de su pueblo a manos de los gringos. Tal vez es un ritual.

Pienso en la Luna, pero nunca la advertí gris sino plateada, generosa, fértil. Pero oculta una cara, bien lo dice los Pink Floyd. Meto la mano dentro de la barquilla. Algo pincha hasta sangrar uno de mis dedos, como una valiente espina que protegerá a la joven de ser cosificada por los buitres. Arde también un tanto. Arranco un pedazo de mi remera, y vuelvo a meter la mano cubierta.

Estático. Como un muñeco. De esos que solía jugar cuando nada me importaba más que las figuritas y los muñequitos. Me siguen importando los muñecos, de dinosaurios. Este es un muñeco que apoyo sobre la hojarasca sorprendida. Es completamente negro. Parece por su estampa un detective. Se nota que lleva hasta una pipa. Sombrero bombín. Traje y un delicado moño. Todo es negro en el extraño muñequito.

Salvo cuando abre los ojos. Y blanca veo su ¿pupila, esclerótica?, lo que sea, lo que se llame, lo que en este momento no estoy delirando. Porque no me deliro. Porque el orden pacifica. Porque no fume maría en todo el día. Y ahora, sin más preámbulos que una sonrisa, le veo los dientes. Vi mucho cine de muchas series de terror. Ningún ser me espantó tanto como este. Me toco las manos, me toco las piernas, volver a raíz, volver a raíz y entonces una voz gruesa e inmortal me habla.

Tu patria es de ambulantes que no se Ven en espejos ni rasgan por humildad su ropa para comerse la cara en el polvo. Porque el miedo tiene las garras y los dientes afilados para sacarles lo único contradictorio en lo que creen. Ni tan humano ni tan animal vas refregando tu sombra entre moluscos más sensatos que tu propia voz. Tambaleante, oxidado, vas comprando sueños que no son tuyos. Sos una cosa bendecida por demonios que no saben cantar sino orar por los perdidos. El error no te asombra sino que te conforma en manifiestos donde lo oculto brilla como un diamante muerto. Y la soberbia te enriquece como un mercader de libros malos, esos de personajes vacíos y simpáticos cuando la diversión los enrosca como una mamba negra. Estás jodido por tu propia mano, David.  

Lloro. Lloro con brío. En un llanto que no terminará jamás porque ese hombrecito se revela en su inmensidad, revelándome con él. Lloro. Lloro con audacia y pena por mí mismo. Por lo escondido y repetido, por lo negado y reprimido. Lloro.

Cuando abro los ojos me mira fijo. Se está evaporando, lanzando un humo negro hasta impactarse, extrañamente, en el piso. Ahora sólo veo más sombras.



Obra hallada en Pinterest


Auriculares

A la muerte, en el Tarot de Marsella, le llaman el arcano sin nombre y/o El Olvido. Olvidar algo es morir en él; dicen que el espantoso esqueleto desune cuerpo, alma, espíritu. Don Juan enseñaba a Castaneda que siempre Ella nos habita a un brazo de distancia, desde la izquierda. Skay Beilinson canta “la parca siempre viene detrás”. Más allá de aquel personaje, de ese umbral que conduce al misterio, a veces a la Fe, a veces al asombro, a veces a la nada. Cada verdad es respetable, salvo cuando quieren imponerse a la mía. Dormir en Cristo. Reencarnar. Bueno, para mí volvemos a la tierra, seremos abono. Ceniza a la ceniza y polvo al polvo. He leído de Maestros y sus seguidores que también profesan no temer a la muerte. Aplausos. Soy un ser humano involucionado y sí, le tengo miedo a la muerte. 

No son mágicos sólo para conmigo. Todos mis amigos probaron mis auriculares y escucharon lo mismo. En bares, discotecas y espacios donde se supone que la gente agota sus soledades o resplandece en sus pecados. Persona por persona iba revelando lo obvio o el telón de su suposición como una novedad filosa. En pocas palabras. Con su propia voz. 

El colectivo donde ahora viajo es muy audaz. Tanto que nos movemos como esos muñequitos con cabeza de perro, que se zarandean incansable y graciosamente. Contando al chofer, somos seis pasajeros. Pues es la hora pico. Marginal. Esa cuando los pocos tenemos horarios sin benevolencia ni delgada cortesía. 

Estoy sentado en los asientos iniciales. Siento esa curiosidad que me dará cinco vidas más. Basta con observar fijamente o arrimarme un poco y Abacadabra. Sólidos Magos, mis auriculares. Elegir. Voltear. Concentrarme. O ir hacia el encuentro.  

Un color rojo invasivo en el pelo de una mujer, que lleva un ambo azul. Me levanto, voy tan despacio como una mujer haciendo el amor con una almeja, donde la perla que yo mismo encontraré. Me pongo los auriculares y comienza el vals de los desconocidos agasajados por sus miedos más próximos. Su dicción tiene el color del cansancio y el nerviosísimo. “Tengo mucho miedo de que Carmen le cuente a todos del beso con Manuel, no tendría que haberle dicho nada”. 

Siempre me ocurre lo mismo. Siento el deseo de decir: basta, es tu propio pensamiento, como un monstruo que se vuelve más vigoroso con cada elucubración. La Hidra de Lerna, combatida por Heracles, de cuya cabeza cortada nacían dos. Jamás lo hago. Tan sólo escucho el miedo y apago los auriculares, me los saco y sigo contemplando o caminando hacia un nuevo horizonte. El que guíe a mi dinamismo o a mi pereza.  

Me arrimo con la sutileza de un pez que habla en su ser originario, una sirena que va lento. El hombre es un anillo de oro en el dedo índice, su ropa, un jean y una camisa verde, me doy cuenta, carga un tic en la nariz, la cual se rasca de tanto en tanto. Auriculares. ON. “Me da miedo de que Ana me deje”. Me pregunto quién, cómo será Ana. La única veracidad es que frente a mí, el hombre apegado quien se horroriza con que Ana se aleje. 

A unos metros, una adolescente. Refinada. Alta. De pelo castaño y largo. Vestida como quien irá a bailar o se cansó de la pista. La recibo algo ebria. Por los ojos miel y exhaustos. Se le entrecierran y vuelven a alumbrar cuando el camino es llano. La examino. Y ON. “No sé qué me voy a poner el viernes, tengo miedo de repetirme”. 

No siento nada. Es triste no sentir nada como es más triste sentir demasiado. Tal vez. Viajando entre una mujer y el beso prohibido, el hombre que quiere retener a Ana. Y ella. Ella que no sabe qué sé pondrá el viernes. Y yo, que me recuerdo en mi propia juventud, con los mismos temores que la joven. 

El otro adolescente que merodeo no piensa lo mismo. “Tengo miedo de no vender mañana”. Una lluvia de cajas acompaña a un pequeño cuerpo, esbelto, de unos exagerados ojos grises, manos que renacen en gestos como quien no puede evitar dar carne a lo que piensa. No. No lo está consiguiendo. La preocupación está soldada en sus dedos, en su mirada, en su boca. Arruga por debajo su remera gris. Tan vencida como esas frases que se postean porque son lindas y tienen una buena y masiva recepción en las Redes Sociales y grupos de Wsp. Yo también las he posteado. 

Me resta el chofer. Como quien no quiere la cosa pero, en verdad, la quiere con ojo de cíclope: auriculares. Me aproximo pues su figura es lejana e impermeable, detrás de una cortina de plástico. 

Es aún más chico que el chico anterior. Robusto y grueso, dibuja su transpiración caerle por la frente. Marrón claro, su pelo. Manos rechonchas sobre un volante que pareciera llevarlo a él. La típica camisa celeste y pantalón de vestir gris. Aún cuando la madrugada expulsa modos de calor intensificado, con cada hora, cada calle, cada curva. Con cada miedo peregrino que puedo escuchar. El chico me mira como quien halla a un gnomo travieso y peligroso. Le pregunto sobre dos calles. El color de su voz me recuerda al de viejos tenores. Pero inseguros y sufrientes. Entonces, ON. “Es mi primer día, tengo miedo de chocar con algo”.

OFF. En este momento estoy en los asientos finales. Después de ser el loco merodeador. Poco importa, pues se dice que algunos locos son sabios perdidos en otro tiempo. Me coloco un destartalado cinturón de seguridad. Antes, pido permiso al chico, al chofer, de chequear que todos lo tengan puesto. Él asiente con una sonrisa gorda. Con una mueca de agradecimiento febril.

Los pasajeros y el chofer transitamos Buenos Aires, cada uno, con su resguardo y su miedo novedoso.  

No necesito auriculares en mí. 

Aplausos. Sí, le tengo terror a la muerte. A la vida que, lentamente, descansa para ser más íntima a Ella. En cada costado. En cada ruta, calle, callejón, laberinto.  





Casilla de mail

Mi casilla de correo electrónico. Su fondo. Configurado para que me alerte sobre el clima. Una suerte climática que arroja modos de político malnacido en el Cambio Climático. 

No sé cómo hace Gmail para lograr esos efectos. Parecen magia, sino supiera que por detrás del telón que observo, multitudes fantasmagóricas, inquietas y talentosas definiendo el orden in-manifestado. Aquel que me brindará un fondo soleado o de lluvia tímida o de sol escondido o de tormenta frugal o de tempestad que borrará nombres y etimologías. 

Pero algo ocurre. Hoy. Aquí y Ahora. Es un algo sin dicción. Sin claridad ni transparencia. Como esas aguas mansas que más tarde se descubrirán furiosas para despertar a los dormidos. Este algo me ha despertado con la destreza de las tenazas de un cangrejo. Y no puedo volver atrás.

Comprensión de lanza marcial. Para mi mundo anímico aprendiz, plagado de repeticiones. El orden manifiesto, el fondo de mi casilla ya no responde a meteorología y sospecha. 

Agudo. Filoso como un hueso destronado por el golpe preciso. Tan justo como la cordura que en mí se aleja hacia cementerios donde ni siquiera habitan los espíritus.  El fondo de mi casilla de mail no responde a lo mundano y colectivo; ahora se trata de mí. De mis propias emociones. 

Que refleja. 

Cuando la angustia. La ansiedad. El miedo. La venganza. La alegría. La empatía. El Amor. Mis climas cambian y con ellos, el fondo de mi casilla de correo. 

La más tenebrosa es aquella cuando todo se anochece pues puedo sentirlo, mi emoción es fatal como la roca de Sísifo. Mi identidad como una duna a punto de ser pulverizada por un viento firme. Es el fondo que más me aterra. 

Y esos fondos de sol resplandeciente, porque estoy celebrando a la flor, la hormiga, el yaguareté y a mí misma. Sol volviéndose más fulguroso al celebrar también a la humanidad. A veces -a lo Castaneda- siento las líneas de conexión entre casa ser de cada Reino. Siempre es a veces. 

Hoy toca lluvia introvertida, se ve como un escenario celeste claro con unos pequeños círculos blancos. No me inquieta. Apago la computadora. 

Me acuesto sobre la cama mientras Pink Floyd hace sus ardides, aquellos que te provocan piernas uranianas. 

Me siento en equilibrio. Pero al cerrar los ojos y concentrarme en mi organismo, en la boca del estómago siento una pulsación. Me concentro más. Dolor. Entonces abro mi visión, me levanto de la cama, me acerco al escritorio. Enciendo la notebock. Abro Gmail. El fondo de mi casilla de mail es la cara del hombre que aún espero. 



121

145 es para Violencia de Género. 143, violencia doméstica. 132, emergencias médicas. 128 para disturbios, que implicarán a la policía. 139, bomberos. 129 para maltratos de cualquier índole, cualquier tipo de invasión que atenté contra un ser humano: este número se destina a la Policía Especial de la Nación. 149, animales que están siendo maltratados, que están perdidos o bien, son encontrados. Este último número telefónico lleva apenas un mes. Costó marchas de variadas agrupaciones conseguirlo. Una vez llamé por un gatito negro que parecía perdido pero nunca pude comunicarme. Además, sólo hace referencia a los llamados “animales domésticos”. No existe comunicación para el peligro que viven los caballos, los cerditos, las vacas, las gallinas, los pollos y tantos más. 

No existe tampoco número para talas. Será que pocos saben que la selva Amazonia en, aproximadamente, diez años perdió una superficie igual a España. El inmenso y bondadoso pulmón verde. Será que no saben que los árboles transforman el Dióxido de Carbono en Oxígeno. Asimismo, pulmones en riesgo en este país. Nuestros pocos árboles se descubren en fortaleza y ternura, atrapados entre baldosas y ojos vendados. Las construcciones, novedosos edificios que, sin embargo, se parecen entre sí como monstruos de visión cuadrada, titanes de cemento y vidrio que crecen con hambre de casas bajas, típicas de barrio, aquellas donde limoneros o naranjos o enredaderas salpican respeto. 

Hace unos meses, el presidente del país, inauguró una nueva línea: personas sospechosas de locura. Es el 121. 

Cada ciudadano llevamos nuestro número de Documento Nacional de Identidad detrás, en la espalda, a modo de una liviana chapa, sujetada a la ropa. Al igual que los barbijos es obligatorio cargar con ella. 

Liviana chapa en la espalda. Como una matrícula de automóvil inocente, aquel que amaga con la fuga necesaria cuando azules desquiciados son partidarios de gatillo fácil. No hay teléfono para ello. 

Frente a cualquier conflicto basta con que el individuo llame al nro. correspondiente. 

Quienes saludan al sol. Quienes bailan con sutilidad a la luna. Quienes abrazan a los  árboles. Quienes buscan que la hojas de las plantas reciban su tacto, para sentir suavidad o aspereza. Quienes huelen flores. Quienes hablan con hermanos que viven recogiendo cartones. Quienes cantan por la calle. Quienes sonríen abundante. Quienes contemplan el cielo nocturno e intentan encontrar al rojizo Marte. Quienes dejan pasar primero a las palomas. Quienes saludan a las mariposas. Quienes toman panaderos y piden sus tres deseos. 

Quienes el asombro jamás les permite la indiferencia. 

Me informaron que cincuenta y nueve personas llamaron durante una semana. 

No son neuropsiquiatricos. Les llaman: Centros de Recuperación Randle Patrick McMurphy.

Las paredes celestes, gastadas, parecen observarnos con mil ojos. Pacientes que caminamos entre Gorgonas llamadas cintas de contención, que si es necesario te petrifican a la cama. Pichicatas cuando la bronca o el dolor atraviesan como lanza en las costillas. Pero no brota sangre y agua de vida, como en Jesús. Nos conducen a mayor encierro. Necesidad filosa de llamar a residentes, que poco saben pero grandes en su gesto de escucharnos. Decir. Llorar. Gritar. 

Apretar los dientes. 

Un salón amplio para talleres, donde nadie asiste. Salvo el de Poesía, comandado por un poeta llamado Gaucho, quien hace Servicio, pues sabe que nuestro derecho es también volar y que el Centro de Detención Randle Patrick McMurphy huele a injusticia y destierro. Y nos hace volar, cuando olvidamos que las sospechas son un humo rancio, un resultado de lluvia ácida, cuyos compuestos son hombres -en su mayoría- que no saben volar ni zambullirse, cuando Poseidón los espera en la invitación de conocer sirenas y sirenos. El salón amplio y celeste también promueve las comidas y meriendas. Numerosos dibujos sobre la ausencia de espejos y las promesas de salida. 

Alrededor de las nueve, la enferma de turno grita: medicación. Yo sueño con que grite meditación. Sueños tan efímeros como una rosa asesinada, lista a perder pétalos y magia.  

Habitaciones con seis camas. Hombres y mujeres se dividen en dos sectores diferentes, respecto de los cuartos. Eso no impide que los sospechosos de locura nos arrullemos en amistades. Historias de telenovela. Donde cada beso y abrazo son siembra fértil. Y cuando soy espectadora de ese beso y ese abrazo siento que todo valió la pena. Porque, a fin de cuentas, además, todo vale la alegría.  




El pólipo

 Arde Troya. Arde mi garganta. 

Cuando trago. Cuando fumo. El alimento grueso se atasca, no puedo ir más allá. Fritz Perls y Laura, su compañera, decían que el modo de comer de un individuo daba cuenta de aspectos de su personalidad. No sé qué intento decirme ni sé para qué digo lo que estoy diciendo. 

No me asusta. Aún. Soy parte de un legado materno donde cada garganta fue a la horca. Se le llaman pólipos. Tejidos que crecen para desconfigurar la armonía del órgano donde se encuentren. No son, generalmente, cancerígenos. Al menos nunca he sabido de esa peste a través de mi madre. Mis ancestros siempre alojaron pólipos siniestros, que alquilan faringes, laringes. Gargantas, a fin de cuentas. 

Inútil gatillar a un pólipo. Utilidad ortodoxa de ver a un otorrino. Que se disuelva, que se extirpe, que se ausente para volver a sentir lo que tomo del afuera para nutrirme. Se dice que cuando la ausencia, te das cuenta de lo que tenías. Una garganta feliz, en un organismo sabio y amoroso, a pesar de sus crueles mensajes. 

Cargo la dejadez propia de un ermitaño frágil y sin sabiduría. Hace un mes de mi síntoma. Puedo decir lo obvio, lo más difícil de ver, pero no en este caso. El signo Tauro rige mi órgano herido, el Toro, sobre saliente en la perseverancia que jamás tuve. Chakra Laríngeo, la comunicación. Lo que digo y lo que no. Extraño pues casi no tengo vínculos debido a mi franqueza. 

Me gusta el juego de luces provocado por los autos. Caminan sobre la avenida donde vivo. Lamento sus sonidos, sin embargo, contemplar el techo desde la cama y ese juego de ventana, cortina y calle me gusta. Nunca observo desde el vidrio. Por los muchos. Disolviéndose en esperanzas de cartón y madera. 

Hoy arde más. Hoy apenas puedo tragar. Ojalá pudiera rumiar. Y no iré a una guardia pública un domingo. La pandemia, tal vez un grito de la Madre Tierra, acecha. Siempre lo hace. Imagino que los domingos han de ser de pasta y medicina. Pacientes en la espera de imaginar o de saber o lamentarse. 

Si se rompe un espejo, siete años de mala suerte. ¿Mala suerte?, ¿buena suerte?, como en un relato chino. Quién puede saber hacia dónde. El baño es minúsculo pero su espejo es muy grande. A veces parece hambriento, con el intento de comerse todo lo que hay a su alrededor. Incluyéndome a mí. El escenario es tétrico. Gris, cada azulejo. Podrían arribar fantasmas orientales o cualquier ser amorfo con un hacha o una motosierra. Ya no les tengo miedo. El horror tiene la forma de un pólipo feroz. 

Abro bien la boca. Saco la lengua. Convertido en un detective de naufragios y desolaciones. Lo veo. Lado derecho. Pequeño y audaz. Verde y rosa. Entiendo. Un secreto familiar que se revela con tendencia de calibre 45. Un árbol genealógico torcido. Tan enfermizo como una pitonisa que no es escuchada. Árbol con la panza llena de secretos. Abro más la boca. Lo reconozco. No trata de un pólipo. Un pequeñísimo dragón occidental esparce fuego en mi garganta.   




  


La espalda

Siempre detesté a los tipos que curten y luego, en la cama, te dan la espalda. Sea la cita número que sea. Siento la misma bronca que ha de haber sentido una sirena frente a Ulises. Primera cita. Podrían ser pelos. Granos. Ronchas. No. Ninguna de ellas. La patria de su espalda otorga miedo. 

Mientras miro a la luna, que desde la ventana, me enseña su grandeza. Y le pido ayuda. En su espalda, pequeñas puertitas de piel. No sé si él sabe, no sé si alucino. Sólo el tacto me dará mi respuesta. El genio de Aladino sería benévolo, todo volvería a la normalidad, y el cocainómano a mi lado sería salvado por mi amor. Mi amor ignorante. Mi amor de apego. Mi amor de no aceptación. Mi amor que no se cambia a sí mismo sino que pretende cambiar a otro. 

Toco. Es piel, al igual que el picaporte, una puerta que mide el largo y ancho de mi miedo. Y de mi terror. Abro. Lo veo a él rodeado de mujeres o mejor dicho, de jovencitas, casi parecen colegialas. Imagino por qué. Mi amante no tiene mucho para decir más que las veces que se drogó, “se fue de gira”. Los Anunnakis han de estar en rebelión. Los poetas, como yo. Todo aquello que nutre y dignifica. Pero el rombo gira por un tiempo, luego regresa en su totalidad a la tierra. O no.

Ya no es asco sino curiosidad por una peculiar espalda que me está enseñando aquello que desconozco. Y quiero saber más. Veo una mesa con cuatro hombres, él está allí. Un plato con cocaína rueda entre ellos. Esnifan con fuerza. Un trueno que no ilumina sino que trae más oscuridad al cielo. 

La tercera. Lo escucho. Babear, como siempre. Mientras habla. Pero ahora con cada palabra una nueva agitación de saliva. Ahora sí es asco. Cierro la puertita con la velocidad de Hermes. Pues recuerdo; babea cuando habla durante frases. Haciendo un sonido como si el agua y el viento comulgasen en extraña maldición. 

La cuarta es la vencida, es la última que me observa desde una espalda que no puede mentir. Él sí, pero se olvida y cambia la versión. Yo lo veo con ojos grandes. Río hacia dentro. Asiento como aprendiz y vuelvo a mi cerveza negra. Nos veo. Él arroja unas llaves cerca de mi cara, grita, con una voz emancipada de refinamiento y compasión. Puerta cerrada. 

Mientras ronca, como aguijones tentando a mis sienes, me visto lentamente. Lo despierto. Absorbo su mal humor como quien absorbe Chernobyl. Balbucea en tono bestial. 

Salgo del departamento. Cierro yo misma, la puerta del edificio.





Cuentos desactualizados.

Estarán, próximamente en:



Por Editorial Casa.Varsovia

Juego a vestir princesas online

Juego a vestir princesas online. Cada noche. Rato antes de que la medicación me envíe hacia sueños o pesadillas que no recuerdo. Pero que en vigilia invaden como imágenes insólitas. Tal vez, es porque juego mucho a las princesas. Tal vez, sueño con ellas. Aparentemente, son las princesas de Disney pero no lo son. Una copia barata como quien hace poemas con palabras plagiadas cuando escucha charlas ajenas. Y no lo admite.  

Mientras, la cerveza negra y el tabaco. Mientras, la soledad. Hago mucho por la mañana y por la tarde. Y es por la noche cuando ya no puedo pensar. Por eso, visito juegosdivertidos.com y visto princesas.

Los que más me gustan son: uno de hadas y otro de ángeles, siempre princesas, siempre. En contra de la cosificación, a favor de contradicciones cuando las melenas rubias, las cinturas breves, la delgadez, la piel blanca como montaña. Todo es blanco. También me ocupo de juegos donde las princesas se casan.

Mi rutina nocturna que se abre en hipnotismo y mujeres como objetos: para mujeres, como yo. Quien no se contradice no está, realmente, vivo. O tal vez, no está aprendiendo a discernir. Qué sé yo. Solamente sé, en este momento, aburrimiento avanza como un mago triunfador en su carro, con corona y cetro, sabiendo qué menguar y qué crecer de sí mismo.

Debería terminar con los juegos. Mi departamento escupe limpieza. La silla que uso es tan cómoda como un Emperador en circo romano. Negra, útil, para que espalda y/o cintura no reclamen presencia histérica. La noteboock es nueva, le llamo Azucena. Pues hasta la creación de un ser humano carga su energía y merece su nombre. En la otra compu se me cayó un vaso de vino y mi gran disposición fue tirarle arroz en el teclado: para que seque. Fin de la historia y de la not. Se llamaba Angel of the Music, por el Fantasma de la Ópera.

La ventana es ágil para atrapar el poco viento que el verano define. Aire cuyo carácter cae sobre mi cuerpo. Sobre Peter Tosh. Sobre vacíos y pensamientos que no tengo. Cuando juego a vestir a las princesas.

La primera sería yo como protagonista que debe ayudar a las hadas para vencer al hada maligna. Elijo un vestido negro, largo, un tajo en el medio, bordado de lentejuelas el pecho. Elijo el pelo negro y corto, yo misma así lo tengo, así me siento más compinche e idiota del personaje estelar. Aros imperceptibles, plateados como la Luna. Zapatos de tacón azules, para cortar el negro. Sonrisa mediana y un abismo de ojos oscuros.  

Al clic para embarcar al otro nivel. Mi pecho no es el mismo. Está bordado con lentejuelas. Negras. Largo. Tajo en el medio. Toco mis orejas: aros imperceptibles. Zapatos, que nunca usaría, de tacón azules. Las paredes naranjas del comedor me miran como quien quiere la cosa aún más extraña, en esa peculiaridad que buscan locos y artistas. A los locos les sale mejor. El escritorio ha de enmudecer, salvajemente. El sofá blanco me observa en búsqueda de perdón y de neuronas. Ahora tengo que tirar los dados del juego.

Cambio. Nivel dos. La primer hada. No puedo cambiarla sino elegir su vestuario. Es rubia, bellísima, lo suficiente para que me sienta una mierda. Vestimenta colorida y corta. Falda rosa, el color que odio, pecho verde con puntillas, antebrazos de una suerte de guantes blancos y transparentes, exuberantes los aros y el collar, zapatos decorados con hojitas de otoño. Y la varita, tan horrible que Merlín estaría proponiendo una espada para filo de mis huesos. Pues la visto fea a propósito. Y en este momento, estoy vestida igual que el hada rubia.

Me apuro. Nivel tres. La Reina del Bosque. Más rubia que la anterior mujercita. Pelo forjado en una cola de caballo. Además de todo lo que hice con el hada anterior: elijo las orejas de elfo. Sauron ha de estar complacido. Yo no. Porque estoy vestida exactamente igual que la joven online. Rápido.

Nivel cuatro. El hada mala que quiere ser buena. Seguirá siendo mala. Pues el vestido negro. Pero lo que más la asienta son las alas negras, su varita negra, todo es negro para el hada que se culpa por pecados celestes. Renunciando a su naturaleza. Y como era de esperar, la pesadilla: estoy vestida igual.

Nivel cinco. Llega mi momento. Lucharé con el hada mala, que por cierto, lleva la piel más morena que cualquiera de sus rivales y el pelo igual que yo. No trata de una contienda. Sino de vestir a mi personaje, a mí misma. Y esta vez, elegiré lo mismo con lo que me vestí anteriormente. El negro, el azul, lo imperceptible. Alas violetas. La mejor varita: azul, desprendiendo brillos celestes con mi estrella amada de seis puntas. Pantalla de vencedora. Me toco. Me observo. Estoy desnuda. 

 

 

-Cualquier parecido con la realidad: es verdad-




No vives de ensaladas

Siempre reí, burlas de quien no quiere la cosa o, mejor dicho, de quien, tal vez, le teme a la cosa. El “observo” fantasmas de reojo, en vestimenta de sombra, lo he escuchado muchas veces. Nunca supe lo que era. Nunca investigué. Aunque me dieron varias versiones. Fantasma, cascarón astral, égregor y demás chucherías de vaso medio vacío. Odres nuevas colmadas de agua, que luego serán vino cuando escuche una nueva historia. Cuando cierre los ojos y diagnostique al paciente algún veneno legal para aquietar visiones. Pero no soy psiquiatra. No soy farmacéutica. No soy creyente de espíritus paridos por humanos. 

El ascensor es lento. Vivo en el cuarto piso, departamento doce. Sí, lo sé. Las doce tribus de Israel, los doce apóstoles, los doce signos del zodíaco, doce como idea de ciclo cerrado. Sólo creo en ciclos. En espirales donde no puedo salir. Romances con boca silenciosa. Romances entre callejones. Romances submarinos. Pero, a pesar de mesetas y acantilados y montañas no confío en la terapia. Puedo arribar a mis valles sola. 

Lento. Arriba los números de los pisos que recorre. Lento, como una tortuga que jamás ganó al conejo. El edificio, en sus huesos, se asemeja a la manzana que Blancanieves comió. Por fuera, luce bello. Cruzando la puerta, pareciera que los años sesenta invaden. No precisamente por los hippies sino por los otros, los serios, quienes van muriendo minuto a minuto. Sin que lo sepan.

Llega. Abro la puerta por inercia, como ciega sin caer aún en el pozo. Abro la puerta de rejas. Mi visión se abre como un terreno maldecido por uvas. Podridas. Es un gallo. Mi boca, semejante a un chispazo de morfina, no se mueve en dirección de aullido. La caída es voraz. Bestial cuando me doy cuenta de que el pollo tiene un brazalete igual al que yo llevo, en una pata. Cierro la puerta. Inspiro y exhalo. Pocos minutos, el cigarrillo puede más que cualquier turbulencia. 

El ascensor sube. Vuelvo a apretar el botón para que aterrice en mi mundo. Mundo con una dimensión escandalosa donde tiempo-espacio ya no representan nada. La fuerza de gravedad me sostiene pero no sostiene el hecho de lo que acabo de ver. Abro la puerta, luego la de rejas. Con ojos cerrados. Mi coraje quizá quedó en el brazalete del gallo, del mío. Un cerdo. Incapaz de ocultar mi prendedor en su oreja. Prendedor con forma de mi amado perro. Cada biju es repetida por cada animal. Como si yo misma perteneciera a cada pollo, a cada chancho. 

Sube y baja el ascensor, al igual que mi estado anímico, y no puedo bajarme. Estoy en una tempestad donde la balsa es ocupada solamente por mí. Las olas gimen para más terror. Mis brazos son abiertos a la Luna. Mi única creencia es en ella. Madre Cósmica, le llama Jodorowsky. La Luna protege y oculta. A la vez que revela el peligro que amenaza en el estanque.  Un cangrejo iluminado por su piel. Calibre para definición. A puertas abiertas;  ella me asusta. Una vaca con cadena y dije en su hocico. Mientras, en competencia vulgar, admito que es la misma cadena y el mismo dije que se acostumbraron a mi cuello. Cierro las puertas. 

Verdades o medias verdades. Alucinación o venganza. Escalera y no más sorpresas de seres que no conozco y nunca conoceré. O mejor dicho, los conozco de otra forma. En platos y fuentes y braseros. 

Aterrada, subo los escalones, como cuando el sol despierta sin su hijo Faetón. Mis llaves se alborotan por el temblor de mis manos. Consigo entrar. Y en el comedor, todos. El pollo, el chancho, la vaca. También ranas, peces, serpientes, moluscos, langostas, y más. Conejos, ranas, ovejas. Custodiados por un yaguareté. No vives de ensalada, le cantaba a un amigo vegetariano. No viviré mucho tiempo, me digo. 



El hongo

Me lo contagié hace tres años. En la ducha del hospital donde estuve internado. Por delirio místico. Probé cremas, pastillas, ungüentos y todo lo imaginable para quien tiene imaginación de esfinge y de loco. Para quien se abre al desagrado de una uña rígida, dura, imponente como un zigurat babilonio. Imposible de cortar. Imposible de no alertar, en ojotas, al mundo que el hongo crece con la misma intensidad que mi desesperación. Uña del dedo gordo. 

Pero hoy. Hoy. Está distinta. La uña ya no se abre y cierra en un hongo sino en un minúsculo espejo. En el cual no soy el más bonito. Sino el retrato de un pintor que sólo desparrama los ojos de sus modelos, dicen, cuando veía su alma, Modigliani, su nombre. La uña-hongo-espejo apenas me permite observarme. Es pequeña como una salamandra. Misteriosa como una hormiga, que trepa y trabaja, para preservar su reino. 

Sin embargo, está creciendo. Se moldea en la uña por completo. Ni aseveraciones ni curiosidad por saber cómo se hacen los espejos. Siento miedo del que me está habitando. Si crece, si llegara a dolerme, si es perpetuo.  Soy preso en la incapacidad de volver a delirarme, las drogas legales hacen su magia y su condena. 

Miro la uña con sutilidad, aquella que parece embarcar a hombres temerosos. Veo. Veo. ¿Qué ves? Una uña desagradable. Que refleja la cara de mi hermano. El preferido, el más chico. Mientras yo, el mayor, hacia desmadres con la cocaína y la poesía. El menor, cuya esposa, cuyos hijos, cuyo auto, cuya hipoteca siguen corriendo en la rueda del maldecido hámster.

Veo. Veo. La oficinista correcta, una extraña poeta, tan funcional al afuera como cuando las papas fritas se visten de mayonesa. Yo me despedí de ese trabajo enviando a la mierda a todos, incluso a los del sindicato. Ella, agradeció por el amor. Cuando las papas fritas se visten de mayonesa. Aprendí: no es lo mismo escribir buenos poemas que vivir siendo poesía. Otra medalla más a mi falta de cordura. Mis cebras saben volar. 

Veo. Veo. Banderas celestes. Ondeando con bestialidad. Contemplo bocas cocidas por el odio, a pesar de ciertos dibujos que llevan. Luego, marea verde. Llantos, aplausos -aunque no puedo escucharlos-, sonrisas, puños en alto. Verde que te quiero verde, diría García Lorca. Es Ley. 

¿Qué ves? Mi ex–jefa. La católica. Cuya ambrosía en el almuerzo era razonar y enunciar chismes por cada empleado de la Dirección. Una bruja con manto moralista. Al desnudarse, quizá una estrella de cinco puntas, dos hacia arriba, le quedarían mejor. 

Una cosa bien desagradable. La mujer que sonríe todo el tiempo. Yoga para principiantes. New Age en cajita de lata. Conocimiento de botella arrojada al mar, sin mensaje. Porque todo está perfecto. Todo es ilusión. No puedo sentir dolor por el hambre y por la guerra, o sí puedo, pues no alcancé su nivel de evolución espiritual.

Veo. Veo. ¿Qué ves? Mi escándalo. Mi tragedia y mi cobardía. Rehusarme a jugar, verdaderamente. Aún así, la uña hongo espejo abre mi portal. Mi comprensión y mi vergüenza. Cada personaje es “una herida que no he sanado en mí mismo”. Eso es lo que ahora, veo, veo. 



La cajita

Pequeña, parecida a las que te dan al comprar un anillo. Azul. Hace días que no puedo abrirla. El cuchillo intentó atravesar el cartón sin suerte, sin Marte. Joyeros, relojeros ostentaron bandera blanca mientras yo disloco mis dedos y mis manos.

No puedo saberme en recuerdos sobre ella. ¿Dónde?, ¿cuándo?, ¿por qué? ¿Mía, realmente? O un truco malhechor de algún amigo o amiga con ganas de hechizo y maldición. Al moverla, un ruido seco, bamboleante. Mi postal de país desconocido que abre la boca para reírse de mí. Una cajita que nadie puede destrabar. Tal vez, debería orar o tirarla. Pero su misterio, en este momento, es más hondo que mi fe. Sí, es más hondo. Que no escuchen evangélicos ni católicos, no estoy listo para caminar sobre agujas o brasas o sermones de lengua compleja o simple. Siempre es depende. 

The Division Bell, Pink Floyd, extrañamente, es lo único que apaga los movimientos de un chinche o un clavo o un tornillo o mis especulaciones de ojo disuelto por el azul de la cajita. Arden mis dedos. No sé quién decía algo como que sueñas pero en verdad, recuerdas. Yo no recuerdo nada, no sé nada, busco algo que tampoco sé. 

Tengo que reconocer que a esta hora de la luna, no se trata de chinches, clavos, tornillos. Se trata de mí en una cruzada donde mis uñas son atormentadas en intentos. Una y otra y otra vez. Sin embargo, ninguna cruzada ha sido digna. La mía tampoco. Desarmándome en cuchillos, martillos, tijeras y la caja es inmune como un gato refinado a la gula. Una roca con gusto rancio. Un diamante jugando a las escondidas sin esconderse. Litio para locos. Fuego para bromas. Nada la perturba. Quizá Alejandro Magno podría con ella, declarando guerra y conquista. Persépolis en fuego y aullido. Persas en tragedia. Pero jamás lo invocaría.

Recuerdo algo del I CHING, el libro Sagrado Chino, decía que el agua es más fuerte que la piedra. Necedad de principiante, ya sin escrúpulos. La cocina pareciera distante, asustada la bacha. Quizá más que yo. 

La canilla es abierta por mis manos enrojecidas, una parte de mi cuerpo que ya no me pertenece ni me dignifica. Advierto mi sangre, herida de cabalgue sin suerte ni estrategia. La mojo y la mojo y la mojo. Lado por lado el cubo, el equilibrio perfecto para desequilibrar mi cetro. La única voluntad que conservo es contemplar el agua invadiendo la cajita azul. 

La saco. Es blanda en este momento. Y puedo sacar su tapa. Sin miedo, me digo. O con el miedo a un costado, me rectifico. Un ser. Es un ser con ojos grandes que me observa como si finalmente, hubiese sido rescatado de la cueva y de las formas. La mitad de su cuerpo es de hombre y la otra mitad, de caballo. Carga un arco y una flecha. Se prepara. Apunta. Tira. La flecha no duele, cae en mi frente como una caricia circular, delicada. Comprendo el mensaje, la ignorancia y lo elevado habitan en la misma dirección. Un punto en mi entrecejo. 



No soy Medusa

No soy medusa sino más vengativa. Él supo ocultar romances, como se oculta Tifón cuando está dormido. Yo supe ocultar apego, propiedad. Otra de mis vulgaridades para arrojar a un hombre hacia doncellas, madres, ancianas. Serpiente, perras y yegua. Siendo, yo misma, tan sólo arte y pobreza. Dicen que siempre el pecado es compartido. Diré por siempre que el error fue de ambos. Lo asumo como Prometeo asumió su destino amargo.


Él fue la inspiración, de dibujos y pinturas y senderos. Es la primera vez que la arcilla toca mis labios y mi odio para inmortalizarlo. Está sentado sobre una silla negra y blanca, una broma sobre mi inconsciente y mi consciencia. A esta última le llamo Dios. Ahora, le llamo Medusa. Porque mi escultura lleva pies mientras su cuerpo humano lleva arcilla dura, incapacitando su movimiento. Es el reflejo de mi obra. No deja de maldecirme. Sus apoyos parecerían orientarse a lo profundo de mi bronca. Y mi bronca es rígida, tan sólida como sus pies que ya no son de hueso, carne, piel. 


Desde un envión risueño configuro las piernas de mi escultura. A la par, sus piernas vuelven a tornarse arcilla. Grita con la dignidad de un revolucionario. Un rebelde atrapado en una red de perlas artificiales y añejas, que se miran entre sí. Que lo someten como la piedra gigantesca que sube y baja por la colina o la montaña. Depende. Depende de su visión atormentada. Depende de sus gritos que ganan extremos y encrucijadas. Más. Pelvis. Más. Panza. Pecho. Por detrás, por supuesto, avanza mi escultura y, quizá, su dolor. Feroz como un Mago que oculta elementos de su trabajo. Su arte de convencer. Como político novato o seducido hace años. 


Pigmalión evitaría mis obras, al igual que Afrodita. No doy vida sino alteración. En un hombre que alteró mis sentidos y mi confianza. Pero fuimos dos. Y ahora seremos tres. Mis manos no se atormentan, continúan con la fuerza de un viento sin piedad. Letal para el hombre que me observa. Mientras su pecho avanza en dureza; su grito aumenta en amargura. Pues se dio cuenta, pues su única salvación se acurruca en mis manos. Y mis manos son veloces y agudas como el fuego.


El cuello de mi escultura es perfecto. Del mismo modo que el del hombre que amé hasta la tortura. No puede gritar, arroja un sonido extrañamente gutural. Que no soporto. Que me atraviesa como una flecha picante, de cemento y bronca. Apresuro mi obra. Mi creación ya ha tomado boca. Su boca ha tomado rigidez y un tímido gris. Despertándose en mi ansiedad por contemplar las dos esculturas. 


No puedo quemar mis naves al llegar a su nariz. Ya no. Está prohibido de aliento, de hálito de vida. Su corazón, su sangre ha de ir y venir alborotada y triste. No sé si será un minuto o unos pocos segundos. Sólo una amazona me perdonaría. Su mirada no sabe de hipocresía, expulsa modos que rematan agonía. Aún así, no están listas. Mis dos creaciones. Creación y espejo.

 

Sé. La muerte lo agasaja. Sé que restan su frente y su coronilla. No hubo cantos ni plegarias que lo acompañen en la travesía de ir dónde nadie sabe y muchos especulan y muchos aseveran. Frente. Coronilla. Mi escultura es bella. Él es arcilla. Completamente. Y yo, no soy Medusa sino más vengativa.    




Siempre encontré

Siempre encontré un pene y sus testículos en un azulejo del baño. Como esas nubes, cuyas formas convocan la claridad del espectador. El ingenio. La mente abstracta. Una vez creí ver el perfil de Dios. Es mi mayor y mejor recuerdo. Estaba sobrio como una escoba que no sabe volar ni maldecir. Una mujer me enseñó que la maldición y la bendición siempre son por tres. No quise entender lo obvio. Ni creer en su baraja de Tarot.

Lo veo distinto. No es que ha crecido o disminuido. No es que ha cambiado. Soy yo, el nuevo. Soy yo, el proceso. Contemplo en el azulejo de siempre, en vez de un pene y sus testículos: la cabeza de un elefante. Una vez hallé lo mismo en la cera de una vela derretida. Rosa. El azulejo es gris con líneas de un gris más oscuro. Justamente, son las líneas las que otorgan imaginación o simple humedad, después de una ducha caliente. Las frías son para cuando tengo demasiadas elucubraciones, mi propia tortura, patria de un pasado incapaz de contener al otro sin contenerlo; agua helada, chalecos, cintas. Con violencia e indiferencia, ambos crímenes para quienes enloquecen, por temor a un mundo que les duele demasiado. Algunos.

Entonces es un elefante. Dicen que el Animal de Poder se presenta en sueños, meditación, por la calle. Jamás escuché que fuese posible en un azulejo de un baño. Lo único que sé de los elefantes es que tienen gran memoria, capaz de diferenciar numerosos sonidos; y que cuando la manada se enfrenta a huesos, los huelen para saber si eran de su clan y sí es así, realizan un ritual con la trompa y las patas.

¿Estaré por morir? Como un cadáver joven y bello, quisiera Hollywood. No. No estoy por morir.

La figura se está moviendo despacio, hacia arriba hacia abajo, hacia izquierda hacia derecha. Cuatro son los puntos cardinales, cuatro los evangelios, así hubieron determinado mientras los gnósticos cristianos primitivos escondían a Magdalena, Tomás, Felipe y tantos más en vasijas, en el desierto. Cuatro puntos cardinales, una cruz forjada para recordarme lo vertical y divino, lo horizontal y humano. 

Está creciendo en tamaño y completando su cuerpo. Las orejas son en extremo grandes, como las mías. Definitivamente, Hollywood no me querría. Aparecen sus colmillos. Si se convierte en real, sería el mamífero más inmenso. El pequeño baño explotaría como una plegaria en boca desesperada. O tomaría buena parte de las paredes del departamento.

Lo veo del tamaño de mi brazo, mientras recorre los azulejos. No se anima al espejo, tal vez, por reservado en sus modos y presentación. Camina hacia la ducha. Y lo veo ocultarse detrás de la cortina blanca. ¿Abrirla?, ¿irme?, ¿abrir un vino?, ¿llamar a un psiquiatra? Abrirla.


No está. En su lugar una estrella de cinco puntas, con dos puntas hacia arriba. Tal vez salga de ahí como un elemento más de un circo. No sé si continúan o no aplaudiendo la miseria de los animales. Una estrategia más de un zoológico con la crueldad de cien titanes. Sale de la estrella. Lo veo delgado, parece mareado. Sus colmillos desaparecieron, como él también lo hace.  




El mate (Made in Argentina)

 “voy jugando de acuerdo al dolor
fichando de más”
Los Redondos


Se estremece la yerba,  se mueve en un envión similar a un viento delgado. El mate de vidrio, cerrado en una funda gris. La bombilla de metal. El silencio habitado por la luz del sol, que cae movedizo sobre el suelo, haciendo que mi gato juegue con sus haces. Se dice que lo digno se hace durante el día. Se dice que lo vulgar es por la noche. Por la noche apresaron a Jesús. Se dicen tantas cosas. Frase gastada mientras la pandemia sigue su curso. Como un río desquiciado, que no sabe de rocas ni represas. La pandemia del Coronavirus no sabe de vacunas. Sí conoce barbijos, algunas máscaras de plástico. Falta de abrazos. De reuniones. Y tanto más. Que sí sabemos. Toda la humanidad.

Se mueve la yerba. Con la sutilidad de un arcoíris recién nacido. Tal vez es una ilusión visual, como cuando miro el mueble del comedor y siento que late. Dejo el mate sin mis manos. Atrás, termo y agua caliente. Corroboro la fecha de vencimiento de la yerba mate. No hay pistas de putrefacción ni sorpresa en el envase. Jamás escuché de un gusano en la yerba, pero es probable. Un gusano que tendrá miedo de mi soledad. Y compasión. Tal vez. 

No sé nada, pero algo había sobre que el objeto deslumbra y eso hace que olvides como fue hecho. Leí a Marx cuando trabaja en el Ministerio de Trabajo. En una comisión que terminó por delirarme. 

La música está fuerte, sin embargo, es imposible que su vibración impacte al mate. O en todo caso, Bob Marley lo impactará como un clonazepam natural. De esos que no generan dependencia o tolerancia o lo que sea que un químico añejo ideó. Un alquimista fundido en industrias de brazo criminal. Bajo el parlante un poco más. 

Mi oído se niega o se entorpece frente a escuchar algo. Mi vista sigue con su habilidad de advertir el movimiento dentro del mate. Debería tirar la yerba al tacho o tirarla en la mesa y flechar la intriga. Pero no lo hago. Quizá porque estoy viviendo el misterio como un acto de Magia. No de ilusionismo. Quizá porque un gusano puede ser más hipnótico que muchas personas. Quizá porque tengo miedo. 

Saco la bombilla de la yerba. Que su baile se asuma tempestuoso o frío por debilidad. Ahora parece un espiral. Un vórtice. Que no emite sonidos. Sino mis propias lágrimas. Son dos seres. Humanos. Uno del tamaño de una uña pulgar y el otro, meñique. El viejo gordo y su reloj gordo. Y el nene. El nene cosechando yerba mate.  




Cuidatena

Frío. Como el barbijo que observo estancado en agua y jabón. A veces no quiero saber. A veces tan sólo desde mi torre. Mi marea sube y baja sin control. Un ansiolítico para palear, un antipsicótico. El wsp está parpadeando. Detrás de cada palabra, ondulación. Mientras el virus cerca a la humanidad. La humanidad resiste. El horror y la ternura caminan juntas. Pero la ternura es más veloz.